domingo, 28 de febrero de 2016
CAPITULO 49
Había terminado de arreglarse. Frente al espejo de su vestidor se dio una última mirada, se roció con abundante Sí de Armani y salió para dirigirse al salón de la mansión, donde ya se oía el bullicio de los últimos preparativos y una música de fondo muy suave. Asió el picaporte y cerró los ojos; con vacilación volvió tras sus pasos y regresó rápidamente al lugar donde había dejado escondido su
móvil, entre las toallas. Se encerró rápidamente en el baño y volvió a marcar el número de Pedro.
—Hola, hermosa.
Su corazón dio un brinco al escuchar su voz y una sonrisa se le dibujó en la comisura de los labios; oírlo era suficiente para que su corazón latiera desbocado de pasión, de amor, de felicidad, de esperanza.
—Te echo de menos —se animó a decirle, y no era mentira. Lo extrañaba tanto, añoraba sus besos, sus manos recorriendo su cuerpo, su aliento velándola en las noches y sus susurros desmedidos mientras le hacía el amor y la colmaba de muestras de cariño.
—No creo que tanto como yo, si no ya habrías regresado.
En ese momento, Manuel llamó a la puerta del baño y ella presurosa cortó la llamada y apagó el teléfono.
—Sí —contestó con un hilo de voz.
—Han llegado tus padres, te esperan en el salón. Date prisa.
—Ya voy, sólo he venido al baño para no tener que hacerlo cuando lleguen los invitados.
Se arrepintió de dar tantas explicaciones, Manuel no era tonto y no quería que advirtiera su nerviosismo por haberla pillado in fraganti. Se apresuró a esconder el teléfono y salió de allí; Wheels aún no se había ido. La miró estudiando su gesto.
—¿Qué ocurre?
—Nada, ¿por qué? —Intentó serenarse, respirar pausadamente, para que no se diera cuenta del susto que se había llevado. Él la siguió mirando, mientras entrecerraba los ojos.
—Vamos —le dijo mientras estiraba la mano para que se la tomara—. Espero que sepas comportarte.
—Sabes que sé hacer muy bien mi papel, seré la esposa ideal, tenemos un trato.
Manuel sonrió burlón. Paula, sin disimular su desprecio, le ofreció la mano.
—Cambia esa cara de culo entonces.
—La cortesía exige siempre reciprocidad, mis buenos modales los guardo para quien los merece.
Manuel hizo caso omiso a sus palabras, continuó riéndose de manera irónica mientras caminaba junto ella con actitud pedante. Sabía cuánto le molestaba que la tocase, y lo hacía a propósito.
Al otro lado de la línea...
—Hola... hola... —Chasqueó la lengua—. Se ha cortado —dijo Alfonso con una mueca que demostraba su hastío. Intentó llamarla, pero le salía invariablemente el contestador.
—¿Qué pasa? Pareces contrariado.
—Era Maite, pero se ha cortado y no logro retomar la llamada.
—Los sistemas de comunicación cada vez van peor —le dijo Agustin al detective mientras se adentraba en el tráfico de Nueva York. Ladeó la cabeza mientras estudiaba el gesto decepcionado de su amigo, que no se resignaba y seguía intentando comunicarse—. Mira lo que me pasó a mí en
Lisboa, aún no sé si fue el teléfono o un problema de la compañía de comunicaciones. Ya te volverá a llamar, ahora cambia esa cara e intenta divertirte, aunque no creo que sea una de las fiestas que nos gustan. La vida de mi hermana es tan aburrida y protocolaria... —sacudió los hombros—, pero dicen que para gustos no hay colores.
—Creo que ha sido un error aceptar acompañarte, no debí dejarme convencer.
Agustin volvió a estudiarlo. Pedro sacudía la cabeza aseverando sus palabras mientras se pasaba la mano por la frente y, rendido, depositaba su teléfono en el fondo del bolsillo interno de su chaqueta.
—Esa mujer te está haciendo daño. Mujeres... Yo por eso no me enrollo con ninguna en especial, sólo terminan complicándote la vida. Amo demasiado mi libertad, prefiero picotear en cada flor y no empecinarme con una.
CAPITULO 48
Paula no estaba precisamente animada. Por la tarde, sus padres la habían telefoneado para avisarla de que se encontraban alojados en el hotel St. Regis de Manhattan. La amargó caer en la cuenta de que aunque ella vivía en un lugar con muchas habitaciones, ellos preferían alojarse en un hotel, pero entonces decidió no pensar en eso: así eran ellos, su trato siempre había sido displicente y no iban a cambiar ahora.
Debía asumir que sus padres no eran padres comunes, cariñosos y devotos de sus hijos; tenían otras prioridades, los negocios por encima de todo y el exclusivo círculo social al que pertenecían; en su modo de vida no cabía la posibilidad de viajar a Nueva York y alojarse en casa de su hija, no estaría bien visto que no lo hicieran en un hotel de primerísima línea.
Indefectiblemente, los pensamientos de Paula se trasladaron a su hermano. Agustin no era como ellos, pero de todas formas tenía un carácter bastante desapegado de los valores familiares y no lo culpaba, así los habían criado, aunque el alejamiento de sus padres había vuelto a Agustin más terrenal.
Intentó desembarazarse de esos razonamientos que desde niña la atormentaban, pues la hacían sentir como un bicho de laboratorio entre los amigos que no pertenecían a su estatus, aquellos que siempre había intentado cosechar, porque para ella las clases sociales no contaban. Aunque había sido instruida en los mejores colegios, jamás había tenido en cuenta los escalafones y sí a aquellas personas que la hacían sentir bien y cómoda. Recordó a sus entrañables amigos, a quienes desde hacía muchos años consideraba parte de su familia, y sonrió orgullosa. Maite la acababa de avisar de que ya salía hacia su casa, y Eduardo, entusiasmado desde Londres, la había telefoneado antes de entrar en la subasta de la famosa casa Sotheby’s.
—No te preocupes, Ed, sabes que no te pierdes nada, tú conoces la verdad de por qué estoy aquí: esto no es más que una simple pantomima de prensa que muy poco tiene que ver con una fiesta de cumpleaños. Me encantaría decirte que nos resarciremos a tu regreso, pero Manuel está bastante quisquilloso con mis salidas. Bah, no sé de qué me asombro.
—Igualmente, tesoro, no te preocupes que ya nos veremos, lamento que haya coincidido esta subasta con tu cumple, porque al menos si estuviésemos todos los que te queremos mucho te sentirías más acompañada.
—Ed, ojalá pudiera estar donde estás tú, de verdad, no te aflijas.
—Te he mandado un regalo que te encantará.
—Amigo, no hace falta que te gastes dinero. ¿Curt ya ha llegado?
—Aún no, llega de madrugada en un vuelo directo desde Barcelona.
—Sí, ya me lo habías comentado. Compra muchas cosas bonitas para la galería, aprovecha esta liquidez que tenemos en Clio para hacerte con buenas obras de arte. Y luego olvídate del trabajo y disfruta del viaje.
—Gracias, corazón, sabes que te adoro. No me cabe duda de que a pesar del desánimo que siento en tu voz sabrás encontrar el equilibrio y estarás soberbia. Prohibido pensar en el detective, porque eso te desmoralizará aún más.
—Como si fuese tan fácil no pensar en él. —No pudo evitar sentirse atormentada—. A veces creo que habría sido preferible no conocerlo, te aseguro que esto duele más que muchos golpes de los que he recibido por parte de Manuel.
—Deja de decir gansadas y de ser tan negativa, ya encontrarás una solución. Además, sabes lo que pensamos Maite y yo: Agustin será tu hermano, pero no es justo que cargues con sus errores. Hoy regresa, y seguro que podrás hablar con él.
—Eso espero —dijo ella con evidente cansancio—. Con respecto a Agustin, ya os lo he dicho: es mi hermano y si está en mi mano protegerlo lo haré, en eso no hay discusión.
—No sigamos hablando de eso, que sé que eres muy testaruda y no te convenceré; además, no es mi intención amargarte más de lo que estás. Ahora respira profundamente, céntrate en estar radiante en tu vestido de noche y sonríe exultante como sólo tú puedes hacerlo, aunque el mundo se derrumbe a tu alrededor. Te admiro, amiga, aunque tú no lo creas, te admiro por tu entereza. No hace falta que te diga que te quiero.
—Gracias, Ed, yo también te quiero, pero te aseguro que mi entereza está llegando a su fin; para la maquilladora no ha sido fácil cubrir mis ojeras, y aunque el vestido es realmente extraordinario, no sé si podrá disimular mi amargura.
Paula cortó la llamada.
Sumida en el desánimo, se disponía a esconder muy bien el móvil, pero fue demasiada la tentación y se apoderó de ella.
Sin querer ni poder resistirse, comprobó que el cerrojo del baño estuviera puesto y llamó a Pedro. Marcó su número con el corazón desbocado, la sangre le bombeaba por el cuerpo a una velocidad anormal, sintió desesperación por escuchar su voz, necesitaba sosegarse oyéndolo; pero la suerte parecía que ese día no estaba de su lado: le salió el contestador y eso hizo que se sumiera más en el desánimo, se sintió abatida y muy pesimista; se había ilusionado con escucharlo, aunque sólo fuera para recobrar fuerzas y salir a hacerle frente a la noche. Pedro era su calma, su esperanza, pero cada día ese anhelo por ser feliz se mostraba ante sus ojos más inalcanzable. Recordó los días en que Manuel había viajado a Washington.
Confiada, se había alegrado de que no la obligase a ir con él, ya que quedarse sola en la casa le daría la oportunidad de poder registrarla y buscar los originales de las fotos de Agustin, pero muy pronto ese entusiasmo se fue apagando, a medida que los lugares se acababan y no hallaba nada.
Desgraciadamente, las ilusiones de poder marcharse de esa casa se disiparon en un tris al comprobar que allí no había nada; ni siquiera fue capaz de abrir la caja fuerte de la casa, que estaba disimulada tras un cuadro en la biblioteca: Wheels le había cambiado la combinación.
Recordó con pesar lo estúpida que se había sentido desde ese día, su ánimo había caído en un pozo del que cada vez le costaba más salir. Se sintió una fracasada.
Emitió un hondo suspiro y se obligó a deshacerse de sus pensamientos: era imperativo hacerlo, pues necesitaba centrarse en su papel de esposa del senador Manuel Wheels.
Como la maquilladora y la peluquera ya habían terminado con ella, se quitó la bata de seda que llevaba puesta y se dispuso a enfundarse en un vestido de la colección de Armani Privé, de líneas muy simples en blanco y negro, que realzaba su busto y la estrechez de su cintura. Pensaba acompañarlo con joyas de diamantes de Le Vian; éstas habían sido regalo de Manuel para jactarse especialmente esa noche y quedar ante todos como un esposo muy considerado. Llamaron a su puerta: —Señora, su hermano al teléfono.
Paula se apresuró a contestar al oír el aviso de Cliff.
—Hermanita, ¡feliz cumpleaños! —Como hablaba por la línea de la casa, donde todas las llamadas eran grabadas, Paula se contuvo con cada una de sus palabras—. Mi móvil murió en Lisboa, ¿me estuviste llamando? No sé qué le pasó, creo que tendré que cambiar ese aparato, acabo de llegar a Manhattan y ya estoy preparándome para ir a tu fiesta.
—Te llamé para recordarte lo de la fiesta —dijo con fingida importancia.
—¿Papá y mamá ya han llegado?
—Me han llamado desde el hotel.
—Nos vemos en un rato. Iré acompañado, ya he avisado a la organizadora de la fiesta, no creo poder soportar a papá toda la noche con su verborrea exagerada. Sin duda tendrá preparado un sermón para darme, así que me llevaré a un acompañante.
—Bueno, no llegues tarde —lo conminó.
—No lo haré, sabes que tú eres siempre mi prioridad.
—Sí claro. —Aunque no quiso sonar incrédula, no supo si pudo disimularlo—. No llegues tarde, Agustin, por favor —repitió antes de cortar
CAPITULO 47
Camino al departamento de policía recibió una alerta, un código 10-40 en el que le pedían que cambiara de frecuencia. Tras ese código llegó un 10-0 y un 10-80.
—Atención, nos encontramos en las ruinas de Yonkers Power Station. Un muerto en la escena con un disparo en la cabeza. Detective Alfonso, se requiere su presencia, código 10-20, por favor.
—Código 10-4. Estoy en camino a pocos minutos del lugar.
—Código 10-4, detective, comprendido.
—Pedro, ¿dónde estás?
Recibió una llamada de su compañera casi de forma inmediata.
—En camino acudiendo a la alerta, en diez minutos estoy ahí. Eva, ¿también te han convocado?
—Sí, estoy a punto de llegar.
Gonzales y Alfonso llegaron casi a la vez al lugar de los hechos y caminaron hacia la zona precintada, un área de más de cincuenta metros donde gran parte del personal de investigación ya estaba trabajando.
El fiscal había llegado pero estaban aguardándolos a ellos, ya que unos compañeros detectives habían reconocido a la víctima como un delincuente al que ellos habían apresado semanas atrás y al que por falta de pruebas habían tenido que dejar en libertad. Respondiendo a los códigos, esa investigación les pertenecía.
—¡Puta mierda! —gritó Alfonso a su compañera al divisar el cuerpo del fallecido mientras iba poniéndose los guantes de látex: había reconocido a las claras a Leonard LeBron—. Es evidente que alguien no quiere que queden cabos sueltos —dijo fastidiado a Eva, sin que nadie más lo oyese— y es más que obvio que con éste y con Simon Shawn nos estábamos acercando demasiado al topo. Es triste saber que hay un topo entre nosotros, además, a esto ya no se le puede aplicar el Código azul del silencio. *
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca se saludaron con el fiscal a cargo y con los peritos, y comenzaron de inmediato a impartir órdenes para dirigir la investigación.
—Se infiere a priori que estamos en la escena del crimen, lo que se puede presuponer por la cantidad de sangre hallada en el lugar —acotó Pedro y corroboró uno de los expertos.
El detective García se había acercado a él y tras saludarlo le pasó la información recabada a su llegada. Hora y fecha exacta de la comunicación del hecho y datos de los comunicantes, a quienes señaló además con la mano, se trataba de dos vagabundos. También le indicó el tiempo exacto de la llegada del personal policial al lugar y los acompañó a la escena utilizando la misma ruta segura que él había seguido y anotado hacía unos momentos.
—He llegado hasta aquí porque en cuanto lo he reconocido os he convocado. Así que os lo dejo, todo vuestro . Au revoir! —se despidió en francés y se retiró.
—Comencemos con el rastrillaje del lugar, a ver si encontramos casquillos o incluso el arma — ordenó Eva a un grupo de agentes que maniobraban linternas en mano.
—Delimiten bien todas las vías de entrada y salida y requisen los alrededores —añadió Alfonso.
Un agente se acercó a Pedro, que estaba de pie mirando y estudiando el panorama en la central eléctrica del Yonkers de Nueva York y del río Hudson. Eva estaba inclinada sobre el cuerpo, hurgando en los bolsillos del cadáver, pero la documentación ya había sido retirada por García.
Se peinó toda la zona, se tomaron muestras y huellas. Tras recabar todas las pruebas trasladaron a los vagabundos a la comisaría de policía para tomarles declaración, de la cual no se obtuvo nada significativo.
El dato más relevante fue que tres días atrás el cuerpo no estaba; ellos no siempre dormían allí, pero el viernes sí lo habían hecho y aseguraban rotundamente que no estaba.
Como se trataba de un lugar abandonado, tampoco se obtuvo ningún testimonio que pudiera arrojar un poco de luz al asunto. Restaba esperar el informe de balística y de la autopsia para ver qué podían aportar. También quedaba recabar testimonio de su círculo íntimo y familiar, para determinar cuándo había sido la última vez que se lo vio con vida. Teniendo en cuenta el historial de la víctima, sabían que no sería fácil encontrar colaboración en su entorno, ya que seguramente tampoco andaban en cosas legales y escatimarían información incluso aunque pudiera servir para esclarecer el asesinato de uno de los suyos.
sábado, 27 de febrero de 2016
CAPITULO 46
Había pasado más de una semana, y Paula supuestamente seguía en casa de sus padres.
El humor de Pedro se había agriado, no podía dejar de pensar en ella y ansiaba verla más allá de todo razonamiento. Estaba tan fastidiado que le costaba concentrarse en el trabajo, y eso lo ponía de muy mal humor.
Desde que la había conocido se había apoderado de cada uno de sus pensamientos, y estaba comenzando a sentirse un estúpido por estar tan pendiente de ella. De pronto se vio sentado tras su escritorio y odió depender de las órdenes de un superior, aunque se dio cuenta de que, en realidad, no tenía por qué hacerlo, pues era el dueño de una de las empresas de desarrollo electrónico más grandes de Texas.
Si no fuera policía, podría disponer de sus horarios como y cuando quisiera, y ésa le pareció la mejor solución, ya que lo que más deseaba en ese momento era salir corriendo a
buscarla a dondequiera que estuviese. Pero pronto se deshizo de esos pensamientos, ¿desde cuándo imaginaba que podía hacer otra cosa que no fuera la que hacía?
Ofuscado, arrojó al suelo el bolígrafo que tenía en la mano al caer en la cuenta de lo que su atormentada mente conjeturaba: no podía creer lo que esa mujer hacía con él, era capaz de desbaratar todo lo que antes tenía muy claro.
El departamento estaba aquel día sumergido en un silencio inusual. Pedro miró a su alrededor y cada uno estaba enfrascado en sus tareas. Sólo se encontró con los ojos de Eva, que lo miraba sin disimulo, estudiándolo, pero eso no le preocupó.
«Maite, no soporto un día más sin verte. No es posible que sólo esté pensando en ti durante todo el día, como un bobo.»
Sintió una desazón en el pecho, pues hacía días que tenía la sensación de que para ella no era lo mismo, únicamente lo llamaba una vez al día y siempre esgrimía excusas para cortar deprisa la conversación. Luego, las veces que él intentaba llamarla, siempre salía el contestador. Cada día la notaba más distante, y eso le ponía de un humor de perros; saber que él se había entregado por completo lo hacía sentir un estúpido.
Por su parte, para Paula había sido imposible comunicarse con su hermano: A estaba en Portugal en medio de una campaña publicitaria, y le quedaban unos días para regresar de Lisboa. Aun así, lo que ellos tenían que hablar no era para hacerlo por teléfono, así que debía esperar a que regresara.
Esa mañana, después de desayunar en el estudio, hastiada de todo cuanto la rodeaba, se dirigió al salón. Se sentía abrumada en esa casa, las horas del día parecían no tener fin y ni siquiera pintar la abstraía de los problemas; eso era grave, pues la pintura era su pasión. Se pasaba el día pensando en Pedro, añorando sus besos y sus caricias.
Manuel, que había salido muy temprano, volvió de pronto acompañado por Samantha Stuart.
Saludaron a Paula de pasada y se encerraron a trabajar en el despacho. Oyó tras la puerta que preparaban un viaje a Washington; de vez en cuando Manuel debía trasladarse allí por su cargo como senador. Sintió alivio, le hizo ilusión pensar que se alejaría de la ciudad y ansió con todas sus fuerzas que no la obligase a acompañarlo.
Se dejó caer en el sillón de la sala y se repantigó en él dando un suspiro. Estaba agobiada, alrededor de sus ojos la coloración violácea se acentuaba por el agotamiento físico y mental que experimentaba, ya que hacía días que no dormía bien. Nada parecía tener solución; esa semana había tenido que acompañar a Manuel a varios actos de campaña y mostrarse como una esposa abnegada, volcada en la carrera política de su esposo y decidida a acompañarlo en el camino, haciendo ver que creía en él de todo corazón.
Por otra parte, cada vez le costaba más mantener la mentira que le había contado a Pedro, ya no sabía qué excusa poner para que él siguiera creyendo que continuaba en casa de sus padres. Sentía a cada instante que lo perdía y que un abismo había comenzado a abrirse entre ellos; eso la desanimaba cada vez más, porque la brecha parecía insalvable.
Era miércoles, y por suerte Wheels no la había obligado a ir con él de campaña, así que a pesar de las órdenes que éste había dado obligó a Dylan a llevarla a la galería.
—Si usted no me lleva, me voy sola, y seguro que su patrón se enfadará bastante cuando se entere.
¿O es que pretende mantenerme encerrada contra mi voluntad?
Cuando Dylan se preparaba para estacionar delante de la galería vio el coche de Pedro frente a Clio. Casi se muere de un síncope.
—He cambiado de opinión, lléveme de regreso a casa —ordenó con apremio.
El prosaico guardaespaldas se dio la vuelta con extrema parsimonia y la miró por encima de las gafas.— ¿No me ha oído, Dylan? Volvemos a Park Avenue.
El hombre bufó, puso la marcha y se alejó del lugar.
—Tranquilo, caramelito. Maite necesita estos días con su familia, debe de estar creando el ambiente propicio para hablar con su padre, para ella es muy importante que acepten vuestra relación.
—Me siento un estúpido. La llamo y nunca puede contestar el teléfono. Mi paciencia tiene un límite, y con tu amiga he sido más paciente de lo que todo humano puede serlo; ya empiezo a creer que soy un idiota por tener tantos miramientos con ella.
—Te entiendo, créeme que lo hago. Pedro, Maite se muere por ti, de la misma forma que tú te mueres por ella.
—La siento muy distante. Yo no soy así y eso me enfurece, parezco un inseguro y un inexperto.
—Bombonazo, te aseguro que ella nunca ha sido tan feliz como lo es a tu lado. La haces sentir una reina.
Oír eso lo alegró, pues necesitaba creer en lo que la rubia le decía, pero aun así no le bastaba con lo dicho: necesitaba hechos, necesitaba que Paula se la jugara por él tanto como él lo hacía por ella, necesitaba que actuase de la misma forma que él, dejando de lado su orgullo.
—Te aseguro que no existe nadie más transparente que mi amiga, y que todo cuanto hace es por defender vuestra relación. La familia de Maite no es fácil, su padre es muy autoritario, de hecho a su exmarido se lo escogió él.
Pedro la miró calculando cada palabra.
—Supongo que sabes que aún no sé quién es su ex, y eso me cabrea, y acabo de enterarme de que su familia pactó ese matrimonio. Me cuesta creer que en pleno siglo XXI aún haya matrimonios arreglados.
—¿No lo sabías? No estaba al tanto —mintió Maite—. Bueno, lamento la indiscreción, no es a mí a quien corresponde hablar de su vida. Entiendo que eres lo mejor que le ha pasado, sé reconocer a un buen hombre y tú lo eres; hasta me da un poco de envidia, pues yo no puedo encontrar por ningún lado a uno como tú —bromeó para quitarle un poco de seriedad al asunto. Pedro sonrió con desgana, no era ningún tonto y sabía de sobra que lo quería engatusar con su adulación—. Ya te lo contará, no es que no confíe en ti, más bien es todo lo contrario, creo que lo hace para protegerte.
—¿Protegerme? ¿De qué me tiene que proteger?
Las alarmas de Pedro sonaron con esas palabras.
Maite se arrepintió de inmediato de lo que había dicho, era una bocazas; largó un improperio para sus adentros amonestándose a sí misma. A Pedro se lo veía tan mal que en realidad no sabía cómo tranquilizarlo. De todas formas, ese hombre tenía toda la razón para estar como estaba; si se ponía dos minutos bajo su piel a Miate le resultaba increíble que a pesar de las facilidades que tenía para averiguarlo todo no lo hubiera hecho hasta el momento. Lo miró fijamente a los ojos y no lo consideró un estúpido, aunque supuso que así sería como él se sentiría al averiguarlo todo. El hombre que tenía delante no era un debilucho ni un tipo sin carácter; se podía deducir en el ancho de su cuello, en los músculos que se le marcaban, en sus mandíbulas cuadradas, que apretaba mientras pensaba en cada palabra que ella decía, en sus manos, de gran tamaño, venosas, potentes. Comprendió que frente a ella había un hombre de carácter fuerte y portentoso, pero que estaba sumamente enamorado de su mejor amiga y por eso había decidido darle espacio y tiempo. Había resuelto ser paciente, todo lo paciente que Paula necesitaba que fueran con ella, debido a lo dañada que estaba por causa del malnacido de Wheels.
Él le agarró el antebrazo para hacerla salir de su mutismo y volvió a preguntarle: —¿De quién me tengo que proteger? ¿Qué clase de persona es el ex de Maite?
—No, bombón, no imagines nada raro, yo soy una exagerada, siempre me pasa esto. No quería decir protegerte, me he expresado mal, debí haber dicho hacerte a un lado. Maite pretende afrontar esto sola y quiere preservar vuestro amor.
Sé quedó mirándola, no le cuadraba la explicación, no del todo.
—Yo estoy en esto con ella, no entiendo por qué me quiere dejar al margen, no quiero que afronte nada sola, y menos a esa bestia. Cuando regrese me lo tendrá que decir todo, no esperaré más; esto te lo digo a ti y espero que no se lo cuentes, pero de ese infeliz voy a encargarme con mis propias manos.
Maite no pudo disimular la alegría que las palabras de Pedro le producían, pensó que eso era lo que Manuel necesitaba, una buena lección.
Por un instante barajó la posibilidad de contárselo todo de una vez, pero para ella era muy importante la amistad de Paula y no quería traicionarla, no podría soportar que ya no confiase en ella; además, era justo que le permitiera tomar sus propias decisiones. Equivocada o no, ella tenía que aprender a actuar en consecuencia con sus actos y no dirigida por nadie, como siempre había sido.
—No te enfurezcas, sé de sobra cuánto te cuesta contenerte, supongo que mucho más teniéndolo todo a tu alcance. Créeme que tu esfuerzo me produce admiración y sé que sabes que Maite necesita que confíen en ella y que la dejen hacer a su modo. Hace mucho que no toma sus propias decisiones, creo que en realidad nunca lo ha hecho. Por eso es importante que le des espacio y tiempo.
—Lo sé, por eso me aguanto, sé que necesita que confíen en ella.
Cerró el puño y lo apretó con ímpetu, imaginando el momento en que por fin pudiera tener frente a él al exmarido de la que consideraba su mujer.
En ese instante Ed ingresó en la galería por la puerta de atrás con unos empleados; llevaban una colección de pinturas del artista que exponía esa semana.
—¿Os conocéis? Creo que no.
—No formalmente, pero lo recuerdo muy bien. Éste es el adonis que le pagó la copa a nuestra querida amiga en The Counting Room.
—Tú debes de ser Eduardo. Maite me ha hablado mucho de ti.
—Espero que lo que te haya dicho sea bueno.
Pedro extendió la mano para saludarlo, pero Ed no resistió la tentación y le dio un suave beso en la mejilla, deseaba poder olfatear su masculino olor. Pedro sonrió, Paula ya le había hablado de las preferencias sexuales de su amigo, que no se preocupaba en disimular.
—Espero que no lo tomes a mal, pero he de decirte que saber que llevas un arma y una placa me resulta sumamente atractivo. Supongo que más de uno te lo habrá dicho...
—A decir verdad, eres el primer hombre que me lo dice. Debo reconocer, y tampoco lo tomes a mal, que por lo general esos halagos los recibo de parte de mujeres.
Los tres se rieron.
—¿Nuestra amiga ya ha vuelto? ¿Ése el motivo de tan encantadora visita?
—No, Ed, sigue en casa de sus padres —le hizo saber Maite.
—Ok, ok. —Dio un suspiro exagerado—. No quiero parecer descortés, pero alguien debe trabajar en esta galería, así que si me disculpáis os dejo un instante. Voy a comprobar que se baja la colección de Merleau con cuidado, que si les quito un ojo de encima a los operarios tratan esas piezas de arte como bultos en el puerto.
—Yo también aprovecharé para irme, debo trabajar —dijo Pedro mirando su reloj.
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